Mamiña impone identidad a Tarapacá a través de su camposanto

El destacado académico y sociólogo, Bernardo Guerrero, escogió para El Longino una reseña escrita a principios de la década del 60 sobre este particular espacio público, lleno de significación y cultura. Un homenaje a quienes partieron y rinden tributo a estos territorios.

Un suave tañir de las campanas de la colonial iglesia de este pueblo, interrumpió el apacible amanecer de un domingo de Octubre.

El cielo estaba diáfano por la iluminación del sol de Primavera, que contagiaba los ánimos para un trajín más activo que el de la labor cotidiana.

Me asomé a la puerta de mi hogar, y mis ojos divisaron el lento caminar de un grupo de mujeres y varones, que, portando palas, rastrillos y picotas, dirigían sus pasos hacia la huella que conduce a la morada, situada en la cima de un alto cerro, que siempre nos espera, pero que no nos fija la fecha de nuestra partida hacia el descanso eterno.

Ese grupo era de vecinos mamiñanos que, por natural armonía, se habían propuesto reparar por faenas, el camino que da acceso al antiguo cementerio de este aislado pueblo.

Su trayecto dura corto tiempo, pero la subida hacia él se hace más lenta y [presionada], tratándose del casino de funerales en que los difuntos son transportados en una carroza ad-hoc, que debe ser arrastrada por las manos de vecinos de buena voluntad.

OBRAS DE ADELANTO

Ya en lo alto de ese cerro nos enfrentamos con la Portada del Cementerio, construida el año 1944 por los vecinos Pedro Bacián y Lino [Estlea] con el característico material de piedra canteada de la región. Es justo destacar que dicha entrada se hizo a iniciativa de la ex Directora de la Escuela Pública, señora Albina G. de Miranda, creadora también de otras obras de real adelanto para este pueblo.

La portada muestra en la actualidad, unas piedras colgantes que sólo se mantienen por el grosos de los extremos de sus caras, ya que, los movimientos sísmicos, leves pero continuos, las han hecho desprenderse de su ubicación primitiva, perdiendo así, el aspecto compacto y sólido que encierra toda construcción de ese material duro.

De paso debemos señalar que hasta el año 1865 los difuntos eran enterrados en los terrenos de la actual Iglesia, y la sepultación en el futuro empezó a realizarse desde el año 1866 en la cumbre del cerro que constituye el actual Cementerio.

El lento caminar por el camposanto, nos permite observar con recogimiento y meditación, numerosas tumbas de variadas características confundiéndose las rústicas y antiguas cruces de madera carcomida por el tiempo, con las modernas cruces de concreto que señalan a más de una treintena de tumbas de diseños modernos.

Esta quieta morada guarda los despojos de varias familias con apellidos de origen español, como el caso de las familias Ramírez, Vargas y Martínez, signo inequívoco de que estos sitios fueron posadas de las primitivas expediciones españolas y de ahí que no resulte extraño leer dificultosamente la inscripción en un trozo de madera totalmente desteñida y con restos de pintura blanca del vecino Martín Ramírez, fallecido el 17 de enero de 1880.

BÓVEDAS CON HISTORIA

Otra tumba de valor tradicional, es la perteneciente al vecino mamiñano Tiburcio Lema, cuya construcción en base de piedra, data del año 1893, en la que se puede apreciar el uso de fierro platinado totalmente remachado y dispuesto en forma oblicua y serpenteada, terminando los extremos en puntas de lanzas y adornos en forma de hojas de trébol. Tiene en la parte superior de la puerta, colcha de fierro en la que aparecen estas letras de molde perfecto: Tiburcio Lema dedica a sus hijos.

Es digno de destacar, que esta bóveda fue obra del vecino mamiñano Matías Véliz Pérez, que en su hogar mantenía un completo taller de Mecánica, incluso un torno a mano a base de juego de piñones, valioso material de herramientas que más tarde fue lastimosamente vendido por circunstancias relacionadas con la crisis del año 1930. La capacidad de este mamiñano, lo llevó a ocupar el cargo de Jefe de Maestranza de la antigua oficina salitrera “Puntilla de Huara”.

Otras sepulturas son guardadoras de los despojos de longevos vecinos de 80, 90 y 105 años, y sus características se concretan al simple cierre de listones de maderas en cuyas fibras se nota la acción destructora del tiempo, que ha eliminado las frases recordatorias de sus deudos.

Entre las cruces, junto a la sencilla confeccionada de madera, existen otras que demuestran una original creación, como es aquella de fierro soldado en cuya parte superior más corta muestra una perfecta flor de Tulipán con 4 pétalos que miran al cielo.

Las tumbas de diseños modernos llaman la atención por la sencillez de sus líneas y la sobriedad de sus formas, denotando todas ellas, el espíritu renovador del albañil mamiñano que acorde al progreso, incluye en sus trabajos la aplicación de lápidas de mármol y utilización de modernos azulejos.

(…) es justo (también) rememorar a ciertos personajes que con sus actividades contribuyeron al progreso de Mamiña y cuyos puñados de huesos reposan en las sepulturas mamiñanas.

Tal es el caso del sacerdote Vicente Cárdenas, que fue párroco durante 5 años, y sus labores eclesiásticas las combinó con las actividades escolares que registraron una asistencia de 20 alumnos. Este Padre falleció el año 1919, según inscripción observada en un modesto trozo de madera que aún existe junto a su cruz.

HOMENAJE MERECIDO

Otro personaje tradicional sepultado en las arenas de este camposanto es el vecino no vidente, oriundo de Mamiña, llamado Vicente Callasaya, más conocido en aquel entonces, como el Cantor de Coro, pues, su asombrosa facilidad para aprender el Latín escuchado de labios de los sacerdotes que visitaban Mamiña le permitió capacitarse para desempeñarse como sacristán en todo acto litúrgico que se presentaba en el pueblo. Esta notable condición, le permitió acompañar a un sacerdote, cuando las tropas chilenas se tomaron el pueblo de Tarapacá y el vecino Callasaya, encontrándose en aquel entonces en ese pueblo, pudo comprobar, con el crucifijo en la mano, y sus frases en Latín, que era un no vidente real, pues las tropas dudaban de su ceguera y su acompañamiento al sacerdote, en los responsos de los soldados caídos, le salvaron de una detención injusta.

El homenaje que se rinde actualmente a los seres desaparecidos, está rodeado de diversos detalles que se vienen repitiendo de generación tras generación. La romería se realiza el día 2 de noviembre y un portador de la Cruz Alta, es el abanderado que visitará el hogar de los seres fallecidos durante el año que transcurre, para enseguida iniciar la romería hacia el Cementerio.

Los deudos solicitan que los Cantores de Responso recen sus oraciones ante la tumba del familiar fallecido y como demostración de gratitud, los parientes ofrecen un refrigerio a los vecinos que le acompañan en el acto piadoso.

En estos días de especial recogimiento, las flores de Mamiña parecen intensificar su brillante colorido. Serán despojadas del seno de su crecimiento, para volcarlas ante la helada tumba del ser ya ido.

(Luis A. Astorga Albis, Director de la Escuela Pública. El Tarapacá 7 de noviembre de 1962).

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