La Convención ya fracasó

Felipe Hubner Valdivieso

Abogado de la Universidad Católica de Chile

Pocas veces en la historia de Chile algo había suscitado tanto apoyo popular como el apruebo en el plebiscito de entrada. Una abrumadora mayoría, de aproximadamente un 80% de quienes votaron, se manifestaron en favor de tener una nueva Constitución. ¿En qué otro tema habíamos tenido tanto consenso? Al menos en ninguna elección presidencial. Quizás sólo recurriendo a los partidos de la selección chilena podemos encontrar esos niveles de acuerdo. Sin embargo, y contra todo pronóstico, desde hace un par de meses que la mayoría de los chilenos se inclina por rechazar el borrador presentado.

De ahí que el fracaso de la Convención sea especialmente estrepitoso. Para perder la confianza de un 80% de los chilenos tienen que haber hecho muy mal la pega. Y es que mientras la mayoría de los chilenos está preocupado de la seguridad, la inflación y tener mejor educación, vivienda y pensiones, los Constituyentes -al igual que la mayoría de los políticos- han demostrado una desconexión total con la ciudadanía. Qué mejor ejemplo que el constituyente Stingo, que la semana pasada, luego de fanfarronear en la radio más escuchada de la Región, tuvo que ser expulsado por el locutor por insultar a los auditores (los invito a buscar el video en youtube).

Lo que Stingo no entiende es que el borrador presentado es un desastre, y las personas lo saben. Establece ciudadanos de primera y segunda categoría, afecta la separación de poderes, destruye instituciones que existen desde hace 200 años, quita poder a las regiones y consagra derechos sociales con letra chica. Sin embargo, con independencia de la calidad del texto -que como dijimos, la mayoría estima es un mamarracho- la Convención fracasó. ¿Por qué? Porque carece de legitimidad política y ciudadana.

Las Constituciones deben ser el marco de acuerdo base sobre el que se construye todo el resto de la legislación. Para ello, deben contemplar los elementos que nos unen, y deben representar, al menos en parte, a todos los sectores políticos (por eso se habla de “la casa de todos”). Sin embargo, desde el comienzo se excluyó a todo un sector (que representa a aproximadamente la mitad de los chilenos), siendo una Constitución que nos divide, no que nos une. Más que la casa de todos, parece la mansión de algunos.

El 4 de julio se presenta el borrador definitivo, y de una vez por todas, los Constituyentes se van para la casa. Ojalá que no vuelvan. Y luego que gane el rechazo, y siguiendo la voluntad del 80% de los chilenos que quiere una nueva Constitución, debemos comenzar sobre las cenizas del desastre de la Convención a redactar un nuevo borrador. La voluntad de la mayoría es que sea una Comisión de Expertos quien la redacte (ojalá de manera gratuita, como servicio a la patria, y no para ganar sueldos millonarios).

Sin embargo, el Presidente Boric se ha negado a dicha alternativa, aferrándose desesperadamente, -como ahogado que busca un salvavidas- a la esperanza de que gane el apruebo, y pensando que mientras niegue una segunda opción a los chilenos, no tendrán más remedio que aprobar.  Quizás por eso su aprobación ha caído en picada y tiene el peor debut de un gobierno desde el retorno a la democracia (Encuesta CEP).

Redactar una Constitución trasciende a las maniobras políticas del Presidente de turno. El 80% que aprobó en el plebiscito de entrada sigue existiendo. La Convención ya fracasó. Pidámosle a los políticos que nos den desde ya la alternativa de la Comisión de Expertos, para que una vez que gane el Rechazo, podamos tener una nueva, pero bien hecha, Constitución.

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